Desde mi posición de humana y bailarina de danza oriental, cercana además, a personas árabes no he podido parar de preguntarme cómo ha sido posible tener un genocidio televisado y que no se haya parado el mundo. Y no solo no se paró, sino que desde las sociedades “democráticas” se ha apoyado a los genocidas.

Más allá de las esferas de poder, en lo que a la población civil se refiere, tampoco ha habido una respuesta absolutamente mayoritaria estupefacción y rechazo ante tal macabra situación y no he parado de preguntarme ¿por qué?

Estoy convencida de que ciertas creencias combinadas con una islamofobia muy bien trabajada y expandida a conciencia, han sido claves para el sostén de este genocidio, que desde luego no ha terminado ni terminará mientras sigan siendo los genocidas los que ponen las reglas.

Con este artículo me gustaría completar algunas de las reflexiones que compartí en mi artículo anterior, La batalla del discurso y el empoderamiento del odio • Danza del vientre Esalim, sobre la importancia que tiene la construcción del imaginario colectivo en la sociedad occidental, ya que es bajo este prisma desde el que incorporamos una opinión, una mirada hacia al otro, simpatías, antipatías y empatías, una forma de entender y relacionarse con el mundo. Y en muchos casos, desafortunadamente, no nos cuestionamos desde donde partimos.

Laura Navarro en su libro Contra el Islam, profundiza en la visión deformada y sesgada del mundo árabe en Occidente, cuyo imaginario se ha construido en buena parte desde el cine y la televisión.

Es interesante pues, que analicemos lo prepolítico, conjunto de actitudes y prácticas sociales que son capaces de transformar nuestros afectos sin constituir una acción política organizada. No se articulan demandas políticas, no hay tampoco un discurso político aparente, pero lo prepolítico puede desarrollar una ética y una moral concreta, un imaginario colectivo específico desde donde se construirán nuestras posteriores opiniones políticas conscientes. Lo prepolítico puede construir lazos fraternales y de amistad, pero también prejuicios y estos pueden distorsionar nuestro raciocinio y comprensión de la realidad, pudiéndonos llevar a sacar lo peor de nosotros mismos. 

Veamos algunos ejemplos del uso de lo prepolítico a través del cine.

Son de dominio público las grandes inversiones que el lobby sionista en EE. UU. invierte de antaño no solo en política y medios de comunicación, sino también en la industria cinematográfica.

Me gustaría poner de ejemplo la larga historia de racismo asociada con Disney. Películas con las que muchas hemos crecido y cuya forma de ver el mundo íbamos integrando sin percatarnos de los valores conservadores que se nos iban inculcando: patriarcado, racismo, orientalismo y superioridad de Occidente.

Vemos por ejemplo que cuando se trata de filmes de Disney cuyas <<maravillosas>> historias pasan en África, Oriente Próximo o América Latina, las versiones españolas y francesas incorporan acentos a los personajes de origen africano, asiático o árabe, sin embargo cuando se trata de historias situadas en EE. UU. o Gran Bretaña, no ponen acento inglés a los personajes de origen anglosajón, facilitando así la identificación automática del espectador con la cultura occidental. (Laura Navarro. Contra el Islam).

Respecto a la imagen de los árabes, vemos en Aladín, uno de los ejemplos más controvertidos de estereotipación racista en las producciones Disney.

En cuanto a estigmas de diferencia, vemos como los personajes malos tiene rasgos árabes acentuados, son feos y tienen actitudes violentas o agresivas, los personajes buenos, sin embargo, no presentan apenas diferencia con los personajes occidentales.

Hay un desconocimiento de la cultura árabe en general que podemos observar en detalles como: utilización arbitraria de letras árabes sin sentido, nombres inventados, vestimentas que no tienen en cuenta la realidad, reduciendo una vez más Oriente a su lado exótico.

Otra característica que en Aladín se atribuye a los árabes es la <<usurización>>. Al principio de la película aparece un vendedor árabe, sucio, gordo (la gordofobia en Disney, por cierto, da para otro artículo desde luego, así como las cuestiones de género) y sin dientes, que muestra su tenderete y que para vender, indica que “todo puede ser comprado por un precio”.

En resumen, en Disney, las personas de otras etnias son representadas como bárbaros o idiotas, representaciones estereotipadas racistas, sexistas y clasistas que responden al imaginario de las clases sociales dominantes occidentales y con las que nos hacen identificarnos y empatizar. Disney no ignora la historia, la reinventa al servicio del poder para garantizar sus intereses.

Pero no es solo Disney, la industria cinematográfica estadounidense en general sigue mostrando contenidos motivados por intereses mercantiles e ideológicos, incluyendo las representaciones del Islam y el mundo árabe.

De un lado, nos encontramos con que El mundo árabe” ha servido en el cine normativo como un escenario perfecto donde desarrollar historias exóticas, misteriosas, e incluso exotéricas, así como multitud de historias de acción y aventuras.

Sin embargo, no faltan tampoco en estas películas a modo de comedia, la ridiculización y la caricatura, así como mentiras y errores históricos. (Indiana Jones, La momia, Tras la Joya del Nilo, etc.).

Por otra parte, no faltan producciones en las que se presenta a los árabes como una amenaza a través de la figura del musulmán fundamentalista y el terrorista islamista. Los musulmanes son representados con frecuencia de forma genérica o categórica. Ya apuntaba, una vez más, E. Said que libros de texto universitarios, novelas, películas, anuncios ¿Cuántos eran realmente informativos sobre el Islam? ¿Qué se sabe de las diferencias entre el islam sunní y el islam chií? ¿Qué se sabe del wahabismo, el salafismo, de los alauitas o de la dinastía alauí? Nada en absoluto. Los planes de estudio en humanidades han sido absolutamente etnocéntricos, pero, sin embargo, Occidente con osadía se ha atrevido siempre a hablar desde su “verdad absoluta” sobre “el otro” interpretando culturas ajenas.

Siguiendo con los ejemplos en el cine, aunque no se profundiza ni tiene un peso importante en el transcurso de estas películas, en Regreso al Futuro y en Mentiras arriesgadas, los terroristas son representados con la kufiya al cuello (trozo de tela originario de Palestina y medio oriente en general). Ya de una forma mucho más intencionada y profunda nos encontramos con películas como No sin mi hija, Delta Force o, en su mayor exponente, Múnich, de Spilberg.

En Múnich, vemos como se habla de asesinos del bando palestino y del bando israelí, pero, por supuesto, a lo largo de la película no reciben el mismo trato. En los asesinatos cometidos por los palestinos, el salvajismo es lo único que está presente desde el principio y lo único que se muestra. Sin embargo, a la hora de narrar los asesinatos cometidos por los israelíes se pone, ahora sí, el acento en la motivación emocional de sus crímenes, así como en sus dilemas éticos y remordimientos de conciencia. En el caso del bando israelí la humanización de sus personajes queda intensificada. Una vez más, a través del predominio de la dimensión psicológica y moral, se lleva al espectador a empatizar e identificarse con el bando israelí.

Paralelamente, no se han parado de producir películas sobre la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y el Genocidio sufrido por los judíos, donde lógicamente la empatía es indiscutible. Más allá de hablar de los hechos consumados, la cantidad y enorme difusión de estas películas también ha contribuido a fortalecer la imagen de los judíos como las grandes víctimas de la historia, ignorando el paso de los años y los acontecimientos sucedidos desde el nacimiento del Estado de Israel en 1948.

Muy pocas películas o directamente ningún filme de Hollywood, habla sobre la Nakba. Y no solo esto, hemos visto como películas alternativas que hablan sobre la Nakba y la historia palestina, han sufrido distintas formas de censura o limitaciones a su producción debido a presiones de Israel y el lobby sionista. (Farha, Hijas de la Nakba, No other Land, La voz de Hind). NO DEJEN DE VERLAS.

El nuevo libro del historiador israelí Ilan Pappé detalla la estructura y el funcionamiento de un poderoso lobby que opera para defender los intereses de Israel. Este lobby sionista no solo busca influir en los gobiernos, sino que gestiona una extensa red de influencia en todos los niveles de la sociedad.

Conviene recordar que el Sionismo es una construcción ideológica creada por las potencias imperialistas, principalmente Gran Bretaña y Estados Unidos, para mantener su hegemonía en Oriente Medio. Así, antes de que me llamen antisemita, recalco que mi crítica va contra el cáncer metastásico que es el movimiento sionista, que en absoluto se preocupa por los intereses del pueblo judío.

El sionismo sirve como un instrumento para controlar los recursos estratégicos de diversas regiones de Medio Oriente, particularmente el petróleo y el gas, mientras reprime los movimientos democráticos y revolucionarios que puedan surgir de los pueblos árabes.

Los intereses occidentales en “culturas extrañas y ajenas” han sido siempre de orden comercial, colonial o de expansión militar, intereses de conquista o imperialismo, y aquí el sionismo se encuadra a la perfección.

Para terminar este artículo les quiero compartir una experiencia que tuve este año durante la fiesta del Monfí de Cútar, a la que amo y en la que llevo trabajando desde su primera edición hace 19 años. Tuvo lugar el pasado octubre. Y es que, además de mi grupo de bailarinas, músicos y artistas de circo, el ayuntamiento contrató a otro grupo más para que nos repartiéramos las actuaciones y pasacalles que se ofrecen durante la fiesta y nutrir así más aún su programa de actividades. Pues bien, me encontré con el siguiente panorama: un grupo compuesto por 2 chicas que iban siempre calladas a modo de atrezzo, y una chica y un chico malabaristas y “cómicos “que llevaban la voz cantante. Tenían 3 tipos de pases ¿árabes?, ¿Medievales?, ¿Andalusíes?, ¿Quién sabe?:

1) Los bárbaros. Llevaban las 2 chicas de atrezzo, mal disfrazadas de bailarinas orientales y sin saber bailar, y dos personajes con turbante y espada que iban peleando y gritándole a la gente: “te cortaré la cabeza” o “yo la tengo más grande” mientras mostraban sus espadas

2) Los ladrones. Iban los cuatro de vendedores de mercadillo, gritando la frase de bueno, bonito y barato, atraían la atención de los espectadores y aprovechaban para robarte el bolso y cualquier cosa que pudieran quitarte mientras te encandilaban con charlatanería.

3) Las bailarinas. Aquí iban las dos chicas atrezzo disfrazadas, de nuevo, de bailarinas sin bailar, el chico haciendo malabares y la otra chica iba bailando el hulahop vestida con una falda sucia y un pañuelo de monedas. Se había maquillado bigote y entrecejo y se había pintado varios dientes para que parecieran picados. Iba meneando el culo de manera atropellada y vulgar y entre golpetazo y golpetazo de cadera nos enseñaba su dentadura. Llamadme suspicaz y con falta de humor…, pero solo vi algo semejante en los vídeos que el ejército israelí ha estado colgando durante el Genocidio en Gaza mofándose de las mujeres gazatíes que habían sido asesinadas o expulsadas de sus hogares.

Por supuesto, en todos los pases llevaban el acento árabe que se nos mostró en Aladín, y cumplieron todos y cada uno de los estereotipos racistas de los que más arriba os hablé.

Afortunadamente, no soy la única a la que el trabajo de este equipo le pareció de mal gusto y de buena tinta sé que no van a volver. Yo estuve enfadada y perpleja todo el fin de semana negándome a hacer ningún pase junto a ellos por supuesto. Pero el tema es que eran unas chavalas jóvenes, que más que probablemente no tenían la más mínima intención de ofender a nadie, y presumo además que eran antifascistas y antirracistas. Y justo esto es lo que más me perturba, pues demuestra el hecho de que cualquiera puede incorporar inconscientemente sin percatarse si quiera, estos discursos racistas, ese imaginario colectivo occidental construido desde lo prepolítico y que se ha naturalizado.

Para mí todo es política, y tras muchos años dedicada a la danza me pregunto cómo tomar acción y aportar algo desde nuestro cuerpos danzantes.

Vivimos en sociedades que están muy segmentarizadas , todo está dividido y jerarquizado. (Mil Mesetas. «Micropolítica y segmentaridad». Deleuze y Guattari). Haciendo un recorrido filosófico-antropológico, la segmentaridad aparece como fundamento de la organización occidental: de la historia del pensamiento a las constituciones sociales. 

La segmentaridad traza y fija los caminos posibles, pero frente a la saturación, la sobrecodificación, y las capturas, los cuerpos pueden respirar a partir de la música.

El deseo es el flujo que sostiene y hace vibrar al mundo. El deseo como producción y creación, no como carencia. (Natalia Durant)

Desde lo prepolítico y lo micropolítico, podemos también luchar desde nuestros cuerpo deseantes que no buscan cambiar legislaciones. Cuerpos que anhelan el encuentro, invocan los afectos, y que en su esencial búsqueda de lo inútil, abren un espacio para pensar: cuerpos danzantes que cambian el mundo.

Bibliografía:

Libros:

  • Contra el Islam (2008). Laura Navarro.
  • Cubriendo el Islam (2005). Edward Said.
  • Mil Mesetas (1988). Deleuze y Guattari

Artículos: