Es viernes 26 de septiembre por la mañana, estoy desayunando mientras veo, valga la redundancia, Los desayunos de la 1. Están hablando sobre el reconocimiento del Genocidio en Gaza de los distintos actores políticos, ya incluso de derechas. El tono de los periodistas, en principio, es de condena unánime al Genocidio en Gaza perpetrado por Israel. Pero, de pronto, una periodista cuyo nombre no me quedé, hace una intervención que me deja perpleja y angustiada una vez más. Esta señora, racista de libro, aunque ella lo ignora, dice que, en primer lugar, condena el Genocidio por supuesto, pero que hay cosas que no son excluyentes. Opina que se puede condenar el Genocidio y tener millonarios negocios con empresarios abiertamente sionistas, ¿por qué no? Pero lo mejor es que añade que es importante condenar el Genocidio para hacer ver al gobierno de Israel que se está comportando mal y que deben parar esta masacre para así poder continuar, de alguna otra forma, con esa, cito literal, «“buena idea” de que Israel se proclame como la única democracia en próximo Oriente, donde vuelvo a citar literal “los países de alrededor tienden al barbarismo». Ya se acabó el tiempo y dicha y sin rebatir ni analizar quedó la barbaridad, que tan alegremente soltó esta periodista.

Tras el desayuno y la frustración al oír los comentarios de dicha periodista, salgo de casa para hacer un poco de deporte en el gimnasio de mi barrio, y ya en mi camino de vuelta a casa, oigo una voz que grita: «Mierda para Palestina…», miro hacia la voz y diviso al individuo que gritó esa frase al tiempo que me doy cuenta de que me lo decía a mí porque yo llevaba sobre mis hombros una kufiya palestina. Al mirarle, por si había dudas, el individuo vuelve a gritar con los ojos inyectados en sangre «sí, sí, es a ti y sí, mierda para Palestina». Yo le pregunto: «¿Qué conoce usted de Palestina, sabe que está pasando en Palestina?» A lo que él contesta: «¿Sabes lo que pasó el 7 de octubre?» A lo que yo contesto: «y tú, ¿sabes qué pasó en 1948?» Su cólera subió de nivel ante la pregunta que le hice y entonces empezó a insultarme y finalizó su intervención con la frase «vete a estudiar».

Aunque yo le contesté, en ningún momento dejé de avanzar en mi camino, ya que la violencia en sus formas reconozco que me asustó un poco, mi ruta ya dejaba atrás la calle Malasaña y allí se quedó el chico muy indignado. Un varón blanco, español, de unos 30 años, que estaba fumando un cigarro en la puerta de uno de tantos apartamentos turísticos de calle Malasaña después de haber estado limpiándolos.

En primer lugar, me dije, ¿por qué entras al saco?, ¿por qué discutir con estos personajes? Os mentiría si no reconozco que me violentó tanto en sus formas como en contenido, pero no fue hasta más tarde que me asusté de verdad. No por mi integridad física, sino porque creo que este tipo de odio racista, descontextualizado y atrevido se está imponiendo en nuestra sociedad como una característica respetable y normalizada.

En las dos experiencias que tuve esta mañana hay claras diferencias superficiales. La periodista se supone una persona con cultura y preparación, con un salario digno, con un control lingüístico y semántico visible y con un saber estar y guardar las formas. El chico no parecía tener mucha cultura ni formación, no parecía tampoco disponer de muchos recursos económicos, pues a la vista estaba que era un currante agobiado y probablemente explotado, apenas conjugaba bien los verbos y en sus formas, lo visceral le ganaba la batalla con mucho a lo racional. Ahora bien, en el fondo hablaban de lo mismo. El discurso racista de la periodista era el mismo discurso del chico, solo que ella lo hacía desde la dialéctica, mientras que el chico ya había encarnado dicho discurso.

Hoy se culpabiliza a las redes de la propagación de discursos de odio, pero ¿qué podemos esperar de cualquier influencer si los propios periodistas naturalizan un discurso reduccionista, racista y colonial?

Ya Edwar Said, crítico y teórico literario palestino afincado en EE. UU., en su libro Cubriendo el Islam (1981), hacía una llamada al rigor y a la objetividad, algo a lo que siempre se ha aspirado desde el racionalismo del que tanto presumimos en Occidente. Una aspiración que debería ser especialmente importante, y digo más, de obligado cumplimiento en el mundo de los medios de comunicación.

No es nuevo el hecho de que las jerarquías dirijan intelectual, ética y políticamente, a través de sus instituciones de poder responsables de la economía, la cultura y la opinión pública, a la sociedad para conseguir una opinión consensuada. De este modo, hay quien piensa que los árabes y los musulmanes padecen algún tipo de minusvalía que no les permite establecer o comprender la democracia, así Occidente solo puede relacionarse con ellos desde la superioridad moral, el insulto, la exclusión y la agresión. Bernard Lewis, “historiador” y orientalista con nacionalidad británica/israelí, sobre el que ya me extendí más en mi artículo La Danza Oriental y el Juicio de Dios, se creyó con el derecho a decretar cómo son, cómo sienten y a lo que aspiran los más de mil millones de musulmanes, y todo esto sin conocer ni interesarse por supuesto en la lengua, la cultura ni el contexto. Actitud que Edwar Said nunca dejó de denunciar.

Aunque hace varias décadas que Edward Said escribió el citado ensayo, ya vislumbraba y alertaba sobre lo que estaba sucediendo.
Y es que los medios de comunicación, sobre todo en EE. UU., Gran Bretaña e Israel, llevan mucho tiempo reduciendo constantemente la imagen de los árabes, los musulmanes y el Islam, a una serie de estereotipos y generalizaciones que los perpetúan como un bloque monolítico irracional y violento, como una amenaza y un peligro para Occidente.

Viene siendo ya desgraciadamente una tradición histórica encontrarnos, además de con la falta de objetividad, con una ausencia de contextualización en varios medios de comunicación. No solo la elección de los temas, sino también la manera de informar sobre lo que está pasando, contribuye a mostrar una imagen simplificada y reducida del mundo árabe-islámico. ¿Y a qué responde todo esto?

Haciendo un poco de historia vemos como en 1948 con la primera Nakba, se dio un proceso de limpieza étnica en el que 15.000 palestinos fueron asesinados, 500 aldeas palestinas fueron destruidas y 750.000 árabes de Palestina se vieron obligados a huir de la masacre para convertirse en refugiados en otras regiones. Estos acontecimientos apenas se contaron a la opinión pública y fueron ignorados por la mayoría de los judíos que formarían parte de la construcción del nuevo Estado judío.

Obviamente, el desplazamiento o eliminación de los nativos fue una práctica innoble que requeriría elaboradas justificaciones morales, así la solución fue la construcción de una prosa sionista dedicada a lavar la imagen de las aberraciones que Israel cometería y que, de hecho, está cometiendo en la actualidad hasta el extremo, con la práctica del Genocidio en Gaza.
Vemos cómo la narrativa sionista obvia por completo la forma en que se produjo el proceso de colonización, atribuyendo sin más, como una de las características a la resistencia palestina, el odio a los judíos.

Además, ha sido grande el esfuerzo e indudablemente exitoso, el empeño en Occidente de Israel y los Estados Unidos por generar un imaginario colectivo de victimización de los judíos que blinda al Estado sionista de posibles críticas, hagan lo que hagan.

En palabras de Enzo Traverso «la memoria del Holocausto fue instrumentalizada para transformarse en una especie de inocencia ontológica de Israel, que entonces puede hacer lo que quiere, porque siempre lo hace con la legitimidad que surge de su pretensión de representar a las víctimas del Holocausto, con una legitimidad que proviene de la fundación de Israel como respuesta al Holocausto. Hay que contestar a esta narración, que es una mentira y que se puede decir que es un insulto a las víctimas del Holocausto, porque la paradoja realmente innoble es que la memoria de un genocidio es reivindicada para justificar otro genocidio.»

A este respecto cabría añadir que el “derecho a la existencia”, al que tanto apelan también los judíos-sionistas, no puede convertirse tampoco en un salvoconducto para amparar todo tipo de excesos.

Vemos, pues, como para el sionismo, una ideología de ultraderecha en toda regla, el discurso ha sido desde el principio un arma de guerra fundamental para crear un imaginario colectivo sobre los árabes, el Islam y los musulmanes, que ya se replica en otros países de Occidente y que, a la larga, se ha convertido en el caldo de cultivo necesario para que la sociedad del 2023 haya permitido el Genocidio en Gaza, pieza clave del plan colonial de Israel en Palestina.

La Islamofobia ha sido por tanto un pilar central del sionismo, y es uno de los puntos en común con todos los partidos de la ultraderecha occidental. La ultraderecha, ha sustituido el antisemitismo por la islamofobia, sin dejar de ser antisemita.

La ultraderecha española no oculta sus buenas relaciones con ACOM (acción y comunicación sobre oriente medio), dirigida por el sionista David Hatchwell, muy amigo de Ayuso, donde se resalta el sionismo junto con ideologías ultraderechistas.

Vox es uno de los partidos que mejor defiende en la Unión Europea los postulados israelíes. Y es que mientras avanza el genocidio que Israel perpetra en Gaza, nuestras derechas exhiben racismo e islamofobia sin complejos dentro de España.

¿Cómo hemos llegado a este panorama tan siniestro con el que parece que una gran parte de la población se identifica?

Para dar respuesta a esta situación conviene destacar el uso de los discursos populistas por parte de la ultraderecha.

El populismo no es una ideología como tal, es un estilo discursivo que puede usarse tanto por la izquierda como por la derecha. Según el politólogo Cas Mudde, el populismo se basa en la idea de que la sociedad está dividida en dos grupos homogéneos y antagónicos: “el pueblo puro” y “la élite corrupta”.

En los últimos tiempos, los líderes de la ultraderecha, usando el discurso populista, se presentan como los únicos representantes legítimos del pueblo, prometiendo restaurar la soberanía popular frente a las élites políticas, económicas y mediáticas. A pesar de que sus programas van claramente en contra de las clases medias y bajas, y realmente cuestionan la democracia, proponen el desmantelamiento de los servicios públicos y del Estado de derecho, al tiempo que señalan y culpabilizan a los migrantes, concretamente a los árabes y los del África subsahariana, de diversas problemáticas sociales y económicas, instándonos a expulsarlos e impedir que lleguen, según Abascal, hundiendo barcos de salvamento…

Estos movimientos suelen presentarse como la voz de la “gente común” frente a una clase política que, según ellos, ha traicionado los intereses nacionales.

La ultraderecha además ha aprendido a utilizar las redes sociales para manipular la opinión pública, creando un discurso de odio e intolerancia que se disfraza de «libertad de expresión» y «defensa de la tradición», incorporando en sus discursos elementos identitarios. Lo que realmente hacen es alimentar la lucha del último contra el penúltimo, dificultando así la posibilidad de que el conjunto de la clase trabajadora española y migrante dirija su atención a luchar por sus intereses colectivos y su dignidad (vivienda, alquiler, salarios, sanidad, educación), puntos que jamás aparecen en los programas electorales de la ultraderecha, que defiende a ultranza la privatización de todos los servicios sociales.

Como señala José Gabino Castillo Flores, la investigación histórica demuestra que estas estrategias del odio cumplen funciones precisas en el reordenamiento político y cultural, articulando provocación, victimización y manipulación del espacio público.

La ultraderecha ha sido capaz de hacer creer a una gran parte de la ciudadanía que los intereses de la clase dirigente coinciden con los suyos propios. Ha sabido también capitalizar el descontento social para su interés electoral.

Tengamos pues mucho cuidado con la normalización de discursos racistas y siniestros que deshumanizan a colectivos enteros y radicalizan a la sociedad occidental.

Como apunta Jonathan Cook, Israel ha declarado la guerra al pueblo palestino. Y del mismo modo, nuestros líderes están declarando lentamente la guerra contra nosotros, ya sea contra los que protestan contra el Genocidio de Gaza o contra los que se oponen al genocidio del planeta por parte de un Occidente autoritario, imperialista y colonial impulsado por el consumo.

Mientras el sionismo y la ultraderecha sigan cogiendo ventaja, la intensificación de las campañas de demonización de migrantes y de colectivos que se oponen a los genocidios en el mundo irá en aumento, al igual que la represión de los derechos fundamentales tan apreciados en Occidente.

Ojalá podamos frenar esta ola de autoritarismo disfrazada de populismo que ha dado rienda suelta a personajes como Trump o Netanyahu. Ojalá pueda articularse una izquierda real y seria, capaz de preservar la democracia y el Estado de Derechos por el que tanto se luchó.

Muy de acuerdo de nuevo con José Gabino Castillo Flores, en lugar de alimentar los discursos de odio, contestándolos o compartiéndolos en redes, sea más inteligente y efectivo, exaltar, comentar y reproducir los mensajes que informan sobre la historia, mensajes que llaman a la paz, la justicia y la tolerancia.

Tras esta reflexión y desde mi posición de bailarina de Danza Oriental, incido en la relación entre el arte y la resistencia.

El Arte y la Cultura son expresiones fundamentales de la humanidad que reflejan nuestras experiencias, creencias y emociones. A lo largo de la historia han servido no solo como medios de comunicación, sino también como herramientas poderosas para la resistencia y la denuncia.

El arte tiene el poder de humanizar a las víctimas, presentando sus historias de forma emotiva, se fomenta la empatía entre quienes observan. Sigamos bailando por Gaza, por Palestina, por Siria, por Afganistán, sigamos bailando por África y el Sáhara. La lucha a través del arte es vital para combatir la desensibilización que en los últimos tiempos se ha normalizado.