Ojalá llegue el día en el que pueda volver a escribir sobre danza, sobre tantos temas que me eran interesantes relacionados con el baile y la cultura egipcia y sobre los que tenía cosas que decir. Sin embargo, de nuevo, a las puertas del inicio del curso 2025/2026 vuelvo a tener la necesidad de escribir sobre la tristeza, la rabia, la desolación y la vergüenza que nos produce a muchas personas el Genocidio en Gaza.

Pero precisamente hoy, día elegido para escribir este artículo, me topé a primera hora de la mañana con noticias en las redes, no en los medios, sobre el Congo, y no puedo continuar sin dejar un apunte al respecto antes de continuar. El Congo es uno de los países más ricos del planeta en minerales (cobalto en especial), y es, sin embargo, de los diez países más pobres del mundo. Está inmerso en una guerra entre las fuerzas gubernamentales y diversos grupos armados y se encuentra en una situación de emergencia humanitaria con millones de desplazados y refugiados. Es, de nuevo, un ejemplo más del sistema capitalista, la esclavitud, el continuado saqueo imperialista y el colonialismo. Distintas caras de la misma moneda.

Al mirar hacia lo que ocurre en El Congo no solo me sentí angustiada por la más que terrible situación que lleva décadas sufriendo la población congoleña, y de la que poco o nada se habla, además de tristeza, sentí culpa… sí, culpa… porque en esta noticia se señalaba directamente a los que levantamos nuestra voz por Gaza y no por El Congo, u otros conflictos. Después de unos minutos de reflexión y autocrítica, afortunadamente reaccioné y no me dejé engañar.  Qué horror que se cargue contra quienes protestan contra el Genocidio en Gaza, en vez de contra quienes están detrás de tales crímenes. Es justo la estrategia de quienes no sienten angustia por ninguno de ellos, pero deben justificarlo. Es la táctica histórica de la clase dominante: “divide y vencerás”.

Si nos fijamos en las conexiones internacionales que sostienen todos los conflictos en curso, veremos que las clases dominantes trabajan juntas y están detrás de todos y cada uno de ellos. Quienes alzamos la voz por la justicia en Palestina no somos quienes hacemos distinción por raza, etnia, cultura o religión a la hora de decidir qué vidas pueden ser merecedoras de los Derechos Humanos, no somos quienes decidimos qué vidas importan y merecen ser protegidas… somos precisamente las voces que gritamos contra ese poder supremacista blanco que determina quién cuenta como humano y quién es solo estadística.

Palestina no es la cuestión más importante, todo el mundo merece libertad, pero en Palestina coinciden muchas de las cosas que están mal en la sociedad actual por mucho que se quiera tapar intencionadamente, y es por esto por lo que Palestina es un tema central ya que aquí nos estamos jugando el nuevo orden mundial… que, por supuesto, afectará a El Congo, Sudán, Yemen, Siria, Ucrania, etc. Historias distintas pero un mismo patrón.

Dicho esto, añado que mi Academia está especializada en Danza Oriental y no en danza ucraniana, ni africana (aunque africana también tenemos), así que me permito seguir adelante con el tema que me toca, el Genocidio en Gaza y los sentimientos que a muchas personas nos despierta.

Lo que está ocurriendo en Palestina es una masacre a escala mundial ya que, además de la limpieza étnica del pueblo palestino (que no es poco), se está destruyendo la idea que teníamos hasta ahora del ser humano, está convirtiendo el mundo en un lugar menos seguro, menos habitable y menos amable. Cuesta comprender tanta crueldad, tanta injusticia y tanta impunidad. Como dice el abogado gazatí, Raji Sourani, “Occidente está poniendo en peligro algo valioso al proteger a Israel de consecuencias legales. Gaza corre el riesgo de convertirse en el «cementerio del derecho internacional»”.

Todo esto asusta, desgasta, frustra y agota. Un querer y no poder o no saber…

De pronto, siento culpa porque después de 2 años de Genocidio, sigo con mi vida, duermo bajo un techo, tengo comida, agua, electricidad… aunque también rabia, impotencia, vergüenza y un dolor que ni si quiera sé si tengo derecho a sentir y menos a expresar, incluso teniendo queridos amigos en Gaza, ellos están allí… pero yo no lo estoy y por ahora mi familia y yo estamos a salvo y tenemos todo lo necesario y más.

Me enfado con quien no habla de Palestina, especialmente me enfada que no lo hagan los artistas que tienen mucha más voz que yo, me enfada e indigna que otras compañeras y artistas de danza oriental vivan del folklore y la cultura árabe mientras no dicen ni una palabra sobre lo que está sucediendo. Y me enfada y asquea quien usa el dolor de los palestinos y las palestinas para obtener más likes, para sacar beneficio, para sentirse mejor, para hacerse las víctimas anteponiendo su dolor desde el sofá al dolor de los palestinos que están siendo masacrados… en resumen, me asquea quien usa el dolor de Palestina para hablar de sí mismo… No lo digo desde la moral judeo-cristiana, dios me libre, solo lanzo la pregunta que ya hizo Nietzsche mucho tiempo atrás: “¿Tú qué importas, mota de polvo?”

Desde esta reflexión y autocrítica pido que estemos atentas a estas trampas del Ego, tan fáciles de alimentar hoy en día por la cultura del escaparate en redes… que no se nos escape lo importante, que no nos cambien el foco de lo que ocurre, y que, una vez más, tengamos de ejemplo al pueblo palestino, cuyos periodistas llevan documentando lo que les estás ocurriendo, jugándose y perdiendo la vida por ello, sin caer nunca en el victimismo ni en la búsqueda de la noticia sensacionalista.

En este artículo de opinión quería hablar sobre cómo me siento yo y otras muchas compañeras, ante la tesitura de trabajar vendiendo alegría y disfrute, pasión y danza mientras la oscuridad se cierne sobre el mundo que contempla, por segundo año consecutivo, cómo se perpetra un Genocidio en Gaza a plena luz del día.

Después de 2 años de sentimientos variados, a veces incluso contradictorios, he llegado a la conclusión de que seguir adelante no es sinónimo de abandonar Palestina. Podemos elegir no encerrarnos en nuestra comodidad y cotidianidad, e incluso, desde este privilegio, podemos ser capaces de identificarnos con las personas que sufren el asedio israelí.

Sin duda alguna, como artista y como persona, repito que la neutralidad no me parece una opción respetable. La neutralidad política es una trinchera cómoda desde donde se dispara a la crítica social buscando desacreditar las luchas históricas sociopolíticas. Ser apolítico en un mundo donde la política decide quién vive, quién come y quién muere es tan ingenuo como inmoral.

Es por esto por lo que, antes de acabar este artículo, quiero volver a señalar con un dedo acusador lo que es Israel: es un Estado construido sobre mentiras, sostenido por el engaño y con una población que deliberadamente hace la vista gorda ante sus crímenes. No hay ninguna verdad que no pueda tergiversar, ningún crimen que no pueda rebautizar y cada acusación que lanza contra sus víctimas es una confesión.

Israel no solo se apropia de las tierras palestinas…, también se reapropia de conceptos… Así vemos como a su proyecto colonial lo llaman paz, a su terrorismo y genocidio, derecho a defenderse, a su pandilla de matones, fuerzas de defensa, a la limpieza étnica lo llaman democratizar, a su coartada para matar lo llaman Hamás, a sus ansias de dinero y control de recursos lo llaman tierra prometida y a quienes nos atrevemos a denunciarlos y boicotearlos nos llaman criminales, violentos, o, más absurdo aún, nos llaman antisemitas.

La narrativa sionista, normalizada en nuestra sociedad, lleva años cociendo a fuego lento el caldo de cultivo necesario para que este disparate pueda darse en la actualidad sin que pase nada, sin que se pare el mundo ante semejante barbarie. Igual es hora de que revisemos nuestras creencias históricas, culturales y antropológicas… que desmenucemos con qué nos identificamos y por qué.

Por último, apunto algunas de las cosas que se pueden hacer por Palestina:

  • Informarse correctamente
  • Compartir información y contenido en tus redes
  • Hacer boicot a empresas y productos israelíes que financian el Genocidio (Carrefour, McDonald’s, Burger King, Spotify, Starbucks, Coca cola, Támpax, Nestlé, Nutella, Oreo, Chetos…) y a la marca Israel (cantantes, artistas, deportistas y académicos sionistas que blanquean el Genocidio llevando su nombre con ellos a contextos positivos como si fueran un país normal.) Aquí te dejo un enlace con más info: https://bdsmovement.net/es
  • Acudir a las manifestaciones y eventos que se organicen en favor de Palestina, los Derechos Humanos y el cumplimiento de la Ley Internacional.
  • Apoyar a asociaciones como UNRWA, Médicos Sin Fronteras, Save de Children, Al Quds, etc. (y de paso a Open Arms)

No podemos llamarnos artistas si callamos frente al genocidio y el odio, ¿para qué sirve el arte si no dice lo que importa? Si el arte no sirve para esto, el arte no sirve para nada, que el silencio no sea nuestra firma.

Dicho esto: BAILEMOS PUES